Estaban tocando la luna con la punta de los dedos. Y de repente descubren que se van a morir. Que ya se están muriendo. En Francistown, de 60.000 habitantes, la segunda ciudad del país, la mitad exactamente de los jóvenes de entre 25 y 35 años lleva el virus en la sangre. Cada día nacen en el país 25 niños infectados. “Ninguna nación se ha visto nunca ante un desafío como éste: estamos afrontando un potencial exterminio”, dice el presidente. Festus Mogaes.
Pero,¿Cómo se ha podido expandir el virus de este modo? “El propio desarrollo ha sido un factor impulsor, porque ha aumentado la movilidad de la gente, cuyo comportamiento sexual constituye un excelente caldo de cultivo”, explica Bany Khan, coordinador del Programa Nacional contra el SIDA. En el Mall de Francistown, una mortecina luz de neón invita a penetrar en una especie de garaje al que han puesto nombre de club. Dentro, once chicas se preparan. La barra está aún desierta, protegida por tupidos barrotes de hierro. Unas se pintan las uñas, otras se alisan el pelo. No tienen más de veinte años y se alborotan ante una presencia masculina. Algunas se iniciaron en el sexo cuando aún iban a la escuela. La mitad de los hombres que entrarán esa noche por la puerta llevará el VIH, pero muchos ni siquiera lo saben. En realidad, no hace falta ir a un club para encontrar a una chica. En esta sociedad, con fuertes reminiscencias de la cultura tradicional, se considera normal que los hombres adultos tengan relaciones con diversas mujeres a la vez, y especialmente con adolescentes. El sexo no es tabú y ni siquiera entre los seguidores de las muchas iglesias cristianas implantadas en el país la religión ha actuado como un dique de contención, en una tradición de promiscuidad que no es percibida como algo negativo, en una sociedad joven, en la que sólo el 10 % de la población tiene más de 50 años, la sexualidad, como la lluvia, es simple naturaleza, y la movilidad multiplica las oportunidades. “Las niñas se inician en el sexo a los 14 o 15 años. La edad media de la primera maternidad está en 17”, indica Juliet Motsumi, del Athlone Resource Centre, adscrito al hospital de Lobatse, en el que, en ocasiones, hasta el 80 % de las camas están ocupadas por enfermos de SIDA.
Para las jovencitas, los hombres maduros con tres C (car, cash and cellular) son un símbolo de poder ante el cual es difícil no sucumbir. Y esos hombres les traspasan toda su historia sexual. Eso explica que las chicas de 15 a 24 años presenten una tasa de infección dos veces superior a la de los chicos de la misma edad. “Tienen derecho a decir no”: la frase, dirigida a las mujeres, ocupa un lugar preeminente en el centro de información del hospital de Lobatse. Pero es más fácil decirlo que hacerlo. La violencia contra las mujeres y el abuso de niñas menores, incluso en el entorno familiar, sigue siendo muy frecuente. “Cada mes se denuncia entre seis y ocho casos de violación en Lobastse, y sólo se denuncia una pequeña parte”, explica Edwin Mapara, director médico del hospital.
Una vez ha ingresado, el virus puede permanecer latente, pero infectando, hasta diez años. Demasiado tiempo, para un lugar de paso como Lobatse, centro comercial situado en la ruta de Johannesburgo que vivía la ebullición del progreso sin sospechar que se estaba fraguando la tragedia. “Empezamos a alarmarnos en 1998”, cuenta City Keats, responsable del comité multisectorial contra el SIDA. “Nos dimos cuenta de la magnitud del problema cuando vimos que en una semana habíamos tenido que cavar 45 nuevas tumbas. La gente se moría a nuestro alrededor... En un mes, el Ayuntamiento perdió a nueve empleados”. Keats preside un comité que agrupa a más de 2.000 voluntarios, pero la epidemia ha alcanzado tal proporción que es muy difícil ponerle diques. Se han creado comités antisida por todo el país, por todas partes hay mensajes sobre cómo evitar el contagio. “Listen, learn, live” (“Escucha, aprende, vive”); “Make a new start today: Know your status” (“Comienza de Nuevo hoy, averigua tu situación”); ¡Condonízate!, son algunos de ellos.
Hay anuncios en las carreteras, en los centros públicos, en las vallas publicitarias, invitando a la gente a usar preservativos. Se pueden encontrar condones en cualquier bar, en cualquier lavabo, gratis absolutamente, en paquetes de tres. Hasta las iglesias de obediencia cristiana (doscientas distintas hay tan solo en Francistown, más de cien en Palapye) han dejado de lado los viejos prejuicios. Saben que el mensaje de la abstinencia sexual no tiene ninguna posibilidad de prosperar, y aunque no llegan a repartir condones, si que informan de cómo usarlos. “Que luego cada uno elija”, insisten los líderes religiosos.
Pero ni siquiera regalados, los condones se abren camino con facilidad. “Con los jóvenes es más fácil. El problema son los viejos ”. Las chicas del Itsoseng Banana Group saben muy bien lo difícil que es hacer que los hombres se pongan condón. Incluso sabiendo que el SIDA acecha. Sospechan que muchos ya saben que están infectados y les da igual lo que ocurra con la chica. “Si no tienes necesidad, es más fácil decirles que sin protección no hay sexo”, explica una de las muchachas de esta asociación, que trata de rescatar a las chicas de la prostitución y evitar que otras caigan en ella.
Los camioneros procedentes de Zambia o Zimbabwe, que por miles atraviesan Botswana camino de Johannesburgo, pasan en Palapye, y tan normal como buscar comida es buscar una chica con la que acostarse. “Algunas lo hacen por amor. Otras, por dinero. Y otras, simplemente para tener cama en la que dormir esa noche”, explica Kedibonye, una de las 35 jóvenes del Itsoseng Banana Group. “No tenía nada que hacer. No encontraba trabajo. Salía por las noches, bebía mucho”. Kedibonye es una chica hermosísima que ya ha visto cuán profundo era el pozo al que se asomaba y ha sabido retirarse a tiempo. “Es difícil, porque no hay muchas alternativas. Una noche con un hombre son 100 pulas (4.500 pesetas). Haciendo limpiezas puedes ganar 300 (13.500)”. El salario mínimo está fijado en 445 pulas, unas 10.000 pesetas. Ella, de todos modos, lo tiene claro: “Las 300 son seguras, las 100 no. Muchos hombres se van por la mañana sin pagar”.
Las chicas del Banana Group tienen un huerto, gallinas y un quiosco de comida preparada. Y trabajan en la Casa de la Esperanza, el hogar de los huérfanos que el sida ha dejado en Palapye. De momento, todavía no sacan suficiente, pero aspiran a poder repartirse un pequeño sueldo. |
En el Ligth and Courage Center, de Francistown, la mayoría de los acogidos son muchachas cuya mirada extraviada indica que se encuentra allí son saber cómo ni porqué. Una tos persistente a distintas voces delata que con el SIDA se ha desbocado también la tuberculosis. Casi no tienen fuerzas ni para levantarse. Cuidadas por voluntarios, sólo les queda esperar la muerte. No son prostitutas. Han sido contagiadas por sus parejas, algunas en los primeros contactos, y están allí porque nadie quiere cuidar de ellas. Porque el SIDA cabalga al galope en Botswana pero a escondidas, cubierto por un espeso manto de estigma. Nadie reconoce que tiene el virus. Nadie dice que se ha hecho la prueba. Nadie explica cuántos parientes se le ha muerto.
En Thsilesoto, los voluntarios que trabajan en el centro de acogida de huérfanos, además de informar y ayudar a los enfermos, tienen otro cometido no menos importante: asistir a los entierros. La responsable del centro despliega un mapa del distrito: en rojo aparecen las casas en las que ya han asistido a algún funeral por el SIDA. Casi no quedan parcelas sin colorear. Ir a los funerales es importante, porque ayuda a romper el estigma.
El impacto de la epidemia es tan brutal, que el Gobierno ha decretado el estado de emergencia y ha decidido dar el tratamiento antiretroviral a todos los enfermos, aun sabiendo que el coste puede acabar con todas las reservas fiscales en menos de cuatro años. Está negociando con los laboratorios un precio asequible, y si no lo aceptan, está dispuesto a importarlos de Brasil. “No podemos quedarnos de brazos cruzados cuando la mitad de la población productiva puede morir”, dice la ministra de Sanidad, Joy Phumaphi. (El país Dominical). |